Debido a mi paso por la Asamblea Legislativa, muchas veces me han preguntado qué pienso de las diputaciones independientes. A veces con tono curioso, a veces con cierta picardía, como esperando que me ponga ácido. En esto he sido claro desde siempre: la decisión de separarse del partido es personal, sí, pero no por eso está exenta de consecuencias políticas y éticas. Lo digo sin rodeos: yo, al menos, nunca hubiera podido optar ni optaría por una curul independiente. Y no por falta de carácter o por temor a disentir –quienes me conocen saben que jamás me he quedado callado–, sino porque para mí, quien ocupa una curul lo hace en representación de un partido, no solo de sí mismo. Y eso importa.
En Costa Rica votamos por listas cerradas, no por personas. Y aunque uno ponga el nombre, la cara y los debates, la confianza ciudadana se deposita en una bandera, en una propuesta colectiva. No se vale después querer hacerse el dueño del voto. Quien piense lo contrario, sinceramente, tiene un ego más grande que el Titanic. Pero bueno… en política el ego no es un pecado; es, más bien, el segundo apellido.
Por eso me cuesta entender la liviandad con la que hemos visto a diputados –de todos los colores– declararse “independientes” a mitad del período como si se tratara de cambiar de cafetería en Cuesta de Moras. Y no me malinterpreten: claro que hay razones legítimas para incomodarse, discrepar, incluso disentir públicamente de la línea de un partido. Me ha pasado. Pero otra cosa muy distinta es romper el vínculo político con quienes te llevaron ahí y seguir ocupando la curul como si nada. Ahí se rompe algo más que un pacto partidario; se rompe la conexión con la voluntad popular.
Sé de lo que hablo. En enero del 2023 fui el primero en anunciar internamente mi salida del Partido Liberal Progresista (PLP). Lo hice con respeto, sin escándalos. Pero aún así, me mantuve en la fracción parlamentaria por más de un año hasta el día que salí de la Asamblea (1 de mayo del 2024), cumpliendo con los compromisos adquiridos y contribuyendo –con diferencias, sí, pero con responsabilidad– a la agenda legislativa del bloque. Mi posición era clara: yo no podía pedirle el voto a alguien bajo una bandera y luego darme el lujo de actuar como si esa bandera no significara nada.
Hace rato quería escribir esta reflexión. No para entrar en conflicto con alguno de mis ex-compañeros, hoy independientes, sino porque creo que tenemos que hablar más seriamente sobre el fenómeno de las diputaciones independientes y lo que le hacen a nuestro sistema político.
La trampa del transfuguismo
En los últimos 25 años, Costa Rica ha visto cómo diputados electos por partidos terminan actuando por libre, sin fracción, sin disciplina partidaria y –lo más grave– sin compromisos claros con el programa que representaron en campaña. Le llaman “independientes”, pero en muchos casos el único interés que defienden es el propio.
No estoy diciendo que todos sean iguales. Hay historias personales, hay decepciones reales, hay disputas legítimas. Pero también hay mucho oportunismo. Hay quienes se van porque quieren brillar más sin tener que rendir cuentas. O porque ya están pensando en el próximo partido al que se van a sumar. Algunos se van buscando más poder de negociación, otros se van porque no aguantan el escrutinio interno. El punto es que, en la práctica, el transfuguismo rompe con la lógica representativa sobre la que se sostiene nuestra democracia.
Cuando una persona se declara independiente y mantiene su curul, está ejerciendo un poder que le fue delegado colectivamente a un proyecto político. Y si ese proyecto ya no existe –porque lo traicionó, porque se distanció, porque lo abandonó–, entonces lo honesto sería renunciar. Pero aquí nadie renuncia. Aquí se declaran “libres” y siguen votando, nombrando, cobrando y opinando como si tuvieran el mismo mandato que el primer día. Y no, no lo tienen.
¿Quién responde?
El otro problema es la rendición de cuentas. Cuando un diputado se desmarca del partido, ¿quién le pone límites? ¿Quién le recuerda lo que prometió en campaña? ¿Quién le exige consistencia? Nadie. Porque ya no responde a nadie. No tiene que acatar acuerdos de fracción, no tiene línea ideológica a la que sujetarse, y muy probablemente no volverá a postularse porque no hay reelección inmediata. Entonces, ¿qué lo frena?.
He visto con mis propios ojos cómo algunos tránsfugas se convierten en fichas útiles de las fracciones mayoritarias, solo para sacar ventajas a cambio. Y he visto también cómo otros se convierten en voces solitarias, inefectivas, sin interlocutores ni capacidad real de incidencia. Ni una ni la otra le sirve al país. Ni el oportunista, ni el aislado.
Además, está el tema de la transparencia. ¿Cómo se gestiona el trato a un independiente en el Congreso? ¿Cuántos asesores tiene? ¿Cuánto tiempo de palabra le corresponde? ¿En qué comisiones participa? Todo eso, que debería estar claro en el Reglamento, se termina resolviendo a punta de acuerdos políticos informales. Y ya sabemos lo que pasa cuando las reglas se deciden en lo oscuro: se premia al que más ruido hace, no al que más coherencia tiene.
¿Y ahora qué?
Costa Rica necesita una conversación seria sobre esto. No hablo de prohibir que un diputado piense distinto o tenga libertad de conciencia. Eso está garantizado por la Constitución. Hablo de cómo evitamos que el Congreso se convierta en una feria de independientes sueltos que operan al margen de cualquier compromiso con los electores. Hablo de cómo protegemos la lógica de un sistema que, con todos sus defectos, se construye sobre la idea de que los partidos no son un adorno, sino el canal legítimo de representación.
Desde reformas reglamentarias para limitar los beneficios de quienes se declaran independientes, hasta cambios más profundos en la forma en que elegimos a nuestros diputados. Algunas son viables, otras no. Pero lo que sí está claro es que no podemos seguir normalizando el transfuguismo como si fuera parte del paisaje democrático. Porque no lo es. Es una distorsión. Es un atajo que se aprovecha de un vacío legal para traicionar una lealtad política que debería pesar más.
Cierro, por ahora
Este será mi último artículo en mi blog por un buen rato. Me voy a tomar un sabático, corto pero necesario, de la escritura y de las redes sociales. A veces hay que hacer silencio para escuchar mejor, para reconectar. Pero quería dejar esta reflexión antes de esa pausa. Porque me inquieta. Porque no quiero que nos acostumbremos a pensar que da igual por quién votemos, que al final los diputados harán lo que les da la gana. No da igual. O no debería.
La curul no es suya, señor diputado. Es del pueblo que se la prestó por cuatro años. Si ya no representa a ese pueblo ni al partido por el que fue electo, lo justo, lo ético y lo decente sería devolverla.
Nos vemos pronto.