Sobre los programas de gobierno: Liberación Nacional


Tercer artículo de esta serie. A estas alturas, quienes han seguido mis análisis ya saben que no busco convencer, sino entender de mi lado.

El turno ahora es para Liberación Nacional, un partido que conoce el aparato estatal (porque se lo inventó), y precisamente por eso, uno del que el país espera más. El programa presentado por el PLN y Álvaro Ramos es un documento técnicamente sólido, institucionalmente serio y políticamente muy conservador.

Tiene méritos: buen diagnóstico, orden, realismo administrativo. Pero también tiene un defecto estructural: su falta de coraje, de valentía.

En un país que necesita cambios de fondo, el texto suena a manual de administración más que a transformación. Y ese es su principal problema.

En mi escala, su calificación global es de 3.1 sobre 5: un programa correcto, pero insuficiente. Lejos de los punteros que ya he analizado y que vendrán en próximas entregas y que alcanzan más de 4.0 y hasta un 4.6 (el primero en mi escala)

La vieja confianza en el Estado planificador

El ADN liberacionista sigue intacto: el Estado como motor del desarrollo. Esa idea está en todo el documento, desde la producción hasta la educación, desde la energía hasta la política social.

El problema no solo es creer en un Estado fuerte, sino asumir que el mismo Estado que no logra resolver lo básico será el que ahora impulsará lo complejo.

El programa promete una nueva etapa de desarrollo productivo con justicia social, sustentada en la planificación estatal, el crédito dirigido y los incentivos fiscales selectivos. En otras palabras: la reedición del viejo modelo paternalista, maquillado con lenguaje de sostenibilidad y economía verde.

Por ejemplo, plantea la creación de un fondo de Innovación, financiado con recursos públicos y administrado por una estructura interinstitucional. El objetivo: identificar “sectores estratégicos” y asignarles apoyo crediticio y fiscal. El problema es obvio: ¿quién define cuáles son los sectores “estratégicos”? ¿Y con qué criterios se decide a quién se apoya?

La historia reciente demuestra que este tipo de fondos terminan siendo instrumentos de discrecionalidad política, cuando no de corrupción disfrazada de política industrial.

El plan también propone que la banca pública reoriente parte de su cartera hacia actividades de alto impacto social y ambiental. Lo cual suena bien, pero en la práctica significa crédito dirigido por amiguismo.

Energía y competitividad: más romanticismo que realismo

En materia energética, el documento reitera la necesidad de fortalecer el papel del ICE como garante del servicio universal, revisar las tarifas y fomentar la transición hacia energías limpias. Hasta ahí, más de lo mismo. Pero el silencio sobre la apertura del mercado eléctrico y la competencia es elocuente.

No se propone ni una sola medida para permitir participación privada en generación, ni para revisar los monopolios que encarecen la energía. En un país donde las tarifas eléctricas industriales son de las más altas de América Latina, eso equivale a ignorar el costo de la productividad.

Peor aún, se plantea que el ICE y Recope lideren la transición energética nacional mediante programas conjuntos de inversión verde. En otras palabras, más Estado empresario, más gasto y menos competencia.

Lo que el documento llama “soberanía energética” termina siendo una excusa para sostener estructuras ineficientes.

Seguridad y corrupción: lenguaje administrativo frente a una crisis política

En seguridad, el programa no ofrece una visión de urgencia. Habla de profesionalizar la Fuerza Pública, modernizar la coordinación interinstitucional y fortalecer la prevención social.

No hay un diagnóstico duro sobre la expansión del crimen organizado, ni una propuesta concreta sobre inteligencia policial, control fronterizo o sistema penitenciario. Nada sobre cómo recuperar el territorio perdido ante el narcotráfico.

En la práctica, el documento trata la seguridad como un tema técnico, cuando ya es un problema de seguridad nacional y supervivencia institucional.

En materia de corrupción, más de lo mismo. Promesas de estrategia de integridad, cultura de transparencia y ética pública transversal. Pero sin mecanismos concretos: ni auditorías ciudadanas, ni publicación obligatoria de contratos, ni trazabilidad digital del gasto. Y viniendo de un partido que ha gobernado gran parte del siglo pasado, no se le puede pedir solo decencia retórica: se le debe exigir reformas estructurales.

Política fiscal: entre la prudencia y el autoengaño

Aquí el programa incurre en su mayor contradicción. Reconoce la magnitud del problema fiscal, pero evita el debate real: qué debe dejar de hacer el Estado.

Propone ajustar la regla fiscal para dotarla de mayor flexibilidad y evaluar la estructura tributaria (para mi estas frases siempre quieren decir sobre la marcha: má impuestos), sin especificar cómo ni con qué límites. En lenguaje político, eso equivale a decir: vamos a gastar más, pero con otro nombre.

El documento repite el argumento de la inversión social como justificación para el endeudamiento. Y aunque nadie discute la importancia del gasto social, el país ya gasta mucho y mide poco.

No hay una sola referencia a recortes, fusiones o eliminación de duplicidades institucionales. Solo el eterno fortalecimiento del Estado social, como si la sostenibilidad fuera un detalle menor. Peor aún: no hay un compromiso claro con la simplificación tributaria.

El sistema costarricense es uno de los más complejos y costosos de la región, y el PLN propone revisar incentivos. no eliminar distorsiones. En otras palabras, una reforma para administrar mejor la complejidad, no para reducirla.

Educación y empleo: buenas intenciones sin reforma estructural

En educación, el programa muestra sus mejores páginas. Reconoce el rezago en calidad, la necesidad de formar docentes, el valor del bilingüismo y la urgencia de fortalecer la educación técnica. Todo correcto.

El problema es que nada de eso es nuevo, y el documento repite la fórmula de siempre: más inversión, más programas, más coordinación. Nada sobre incentivos a la excelencia docente, rendición de cuentas en el MEP, ni medición de resultados.

El modelo educativo no necesita más dinero: necesita gestión, competencia y libertad de elección.

En empleo, el programa apuesta por la intermediación estatal y los programas de capacitación.

Se habla de regulación de la intermediación laboral y de unificar políticas de empleo bajo una rectoría estatal. Es decir, más control, no más oportunidades.

La generación de empleo no depende de la burocracia, sino de la confianza para invertir. Y ese concepto está completamente ausente.

Sostenibilidad: buena bandera, malos instrumentos

La sección ambiental es extensa y bien intencionada. Habla de economía circular, movilidad eléctrica y empleos verdes. Pero repite la misma receta: fondos públicos, coordinación interinstitucional y planificación centralizada. Nada de instrumentos de mercado, incentivos fiscales simples o participación privada directa. La “transición verde” no puede financiarse solo con deuda o subsidios: requiere un marco competitivo que atraiga capital e innovación.

Mi lectura personal

Liberación Nacional sigue siendo el partido que mejor entiende el aparato público porque Liberación Nacional se lo inventó y por esa razón es quien también teme más en reformarlo.

Su programa refleja esa dualidad: seriedad técnica, pero temor al cambio. Es un documento que busca recuperar la confianza en el Estado, no en el ciudadano.

Y ese enfoque, en un país cansado de pagar caro por lo que funciona mal, resulta equivocado. No dudo de la capacidad de Álvaro Ramos. Su trayectoria académica y profesional lo respalda. Pero su programa transmite prudencia cuando el país necesita coraje.

La calificación de 3.1/5 refleja eso: un programa serio, bien estructurado, pero sin el nervio reformista que Costa Rica necesita. Tiene estructura, pero no dirección. Diagnóstico, pero no propósito. Y lo más preocupante: confunde estabilidad con progreso.

Conclusión

Liberación Nacional fue el partido que modernizó Costa Rica cuando nadie más se atrevía. El que impulsó la electrificación, la educación masiva y la planificación nacional. Pero hoy parece prisionero de su propia historia.

El país que ayudó a construir ya no existe, y su programa actúa como si aún lo hiciera. El PLN ofrece un Estado más grande, más planificador y más presente. Pero el país necesita exactamente lo contrario: un Estado más pequeño, más inteligente y más transparente.

El documento no es un retroceso, pero sí un estancamiento. Y en política, estancarse también es retroceder.

Costa Rica no necesita administradores de lo conocido, sino reformadores de lo posible. No técnicos que describan, sino líderes que decidan.

Liberación Nacional fue, alguna vez, el partido que definía el rumbo. Hoy, su programa parece escrito para conservarlo.

Y ese es el punto: cuando el cambio es la demanda nacional, la moderación se convierte en resistencia.

No basta con prometer estabilidad; hay que ofrecer futuro.Y el PLN, con todo su conocimiento del Estado, sigue sin recordar que el Estado no es el fin, sino el medio y que el individuo es el centro.

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