Cuarto artículo de esta serie.
Para quienes vienen siguiendo este ejercicio, ya saben que no busco dogmas ni etiquetas.
Reviso los programas de gobierno como lo haría con cualquier documento serio de política pública: buscando coherencia, viabilidad y sentido de realidad. Mi objetivo es entender cómo piensa cada proyecto el país, no desde su ideología, sino desde los planes que propone.
Esta vez toca el turno al Partido Nueva República, liderado por Fabricio Alvarado, cuyo programa se autodefine como un proyecto de “reconstrucción nacional basada en valores, orden y productividad”.
El documento es extenso, ambicioso y, a ratos, contradictorio: una mezcla de tecnocracia gerencial y conservadurismo moral.
Tiene virtudes en su diagnóstico institucional y en su enfoque de gestión pública, pero también riesgos claros: una visión centralista del poder y una moralización de la política.
En el marco de mi análisis comparativo, el programa de Nueva República obtuvo una calificación de 3.2 sobre 5: un texto ordenado y eficiente en el papel, pero restrictivo de acuerdo a mi concepción de libertad y equilibrio de poderes. A partir de este domingo empiezo con los que he analizado y han ranqueado mejor en mi escala (de 4 para arriba).
Un Estado “estratégico”, no limitado
El eje central del documento es el concepto de “Estado estratégico”, presentado como una alternativa al “Estado mínimo del neoliberalismo” y al “Estado ineficiente del populismo”. En teoría, suena moderado: un Estado fuerte, planificador y eficiente, con metas claras y rendición de cuentas.
En la práctica, el texto describe un Estado concentrado, jerárquico y vertical, donde la Presidencia asume el papel de dirección única del desarrollo nacional. De hecho, el programa propone crear un Sistema Nacional de Gerencia Pública, con indicadores de desempeño y una evaluación centralizada desde Casa Presidencial. Mmm…no sé.
También habla de un “Centro de Inteligencia Institucional” para coordinar políticas públicas en tiempo real. Es decir, un modelo de gestión basado en control y obediencia, más que en autonomía y colaboración.
Aquí, el problema no está en querer eficiencia, sino en quién concentra la capacidad de definirla. Cuando el poder se centraliza bajo la justificación de resultados, el riesgo no es la ineficiencia: es el autoritarismo tecnocrático.
Una visión tecnocrática con tentaciones morales
El documento es, en su primera mitad, un manual de gestión pública: habla de indicadores, reingeniería administrativa, evaluación por resultados y cultura de eficiencia.
En eso, acierta: el Estado costarricense necesita exactamente eso.
Pero conforme avanza, la tecnocracia se diluye en una narrativa moralizante. El plan introduce lo que llama “políticas transversales de valores”, centradas en la “protección de la vida y la familia”, “la restauración moral del país” y “la defensa de los principios cristianos como base de la institucionalidad”.
No se trata solo de un marco ético: el texto propone alinear la educación, la cultura y la comunicación estatal con esa cosmovisión.
Un ejemplo concreto: en el apartado sobre educación, el documento promete “garantizar que los programas educativos estén libres de ideologías contrarias a los valores tradicionales de la familia costarricense”.
Esa frase, más allá de su intención, implica un filtro ideológico desde el poder, que choca directamente con la libertad de pensamiento y el pluralismo en la educación pública que es lo que un liberal clásico, como yo, aspiraría a ver.
Otro ejemplo: se propone reformar la política cultural “para recuperar la identidad nacional basada en valores judeocristianos”. Esa afirmación puede parecer inofensiva, pero al convertir un credo en parámetro institucional, el programa confunde moral con política pública.
Disciplina y gasto público: virtudes técnicas, riesgos políticos
Hay que reconocer que el documento de Nueva República tiene una consistencia gerencial sólida. Plantea auditorías permanentes, evaluación de desempeño, digitalización y una fuerte cultura de austeridad. Habla de “reducir la grasa del Estado”, de “eliminar duplicidades institucionales” y de “presupuestar con base en resultados”. Son medidas correctas, necesarias y bien estructuradas. En esto, mi aplauso.
Sin embargo, esa misma claridad técnica se vuelve peligrosa cuando se combina con un discurso de orden moral y autoridad vertical. El plan propone “recuperar la autoridad del Estado” y “fortalecer la capacidad presidencial de decisión”. Ambos objetivos son legítimos, pero el texto no menciona contrapesos.
No hay referencia a la independencia de poderes, ni al control legislativo o judicial de esa autoridad ampliada. Y aunque la disciplina fiscal es una virtud, el documento también promete grandes inversiones en seguridad, infraestructura y política social, sin explicar cómo se financiarán.
El equilibrio entre austeridad y expansión estatal se vuelve, otra vez, una contradicción.
Seguridad: el punto más fuerte del programa
En materia de seguridad, el programa es contundente. Habla de control territorial, profesionalización policial, combate al narcotráfico con tecnología e inteligencia, y fortalecimiento del sistema penitenciario. Plantea incluso declarar la seguridad ciudadana como prioridad nacional, con presupuestos protegidos y coordinación interinstitucional directa bajo liderazgo presidencial. En esto, acierta.
Su enfoque es realista, operativo y urgente. Y aunque el costo fiscal sería alto, el país necesita una estrategia de seguridad integral y profesional. Aquí, el programa de Nueva República destaca sobre la mayoría: tiene contenido, objetivos y sentido de prioridad.
Sin embargo, el riesgo está en la narrativa de “mano dura” sin límites institucionales. Cuando la seguridad se convierte en justificación para concentrar poder, el remedio puede ser peor que la enfermedad. Costa Rica necesita autoridad, no autoritarismo. Hay que encontrar el balance.
Economía y empleo: planificación más que libertad
El programa habla de reactivación económica, pero no desde el mercado, sino desde la dirección estatal.
Se proponen “alianzas productivas” coordinadas por el Gobierno, “estrategias de desarrollo por sectores” y una “banca pública estratégica” que oriente el crédito hacia actividades prioritarias.
No hay mención a competencia, desregulación o apertura comercial. De hecho, el texto critica abiertamente el “modelo neoliberal” y propone sustituirlo por un “modelo de desarrollo coordinado”, donde el Estado “defina y articule las cadenas de valor nacionales”. Esa visión suena más a planificación económica que a libertad empresarial.
Además, el programa propone revisar los tratados de libre comercio, con el argumento de “proteger la soberanía económica”. En la práctica, eso significaría debilitar la seguridad jurídica que ha permitido atraer inversión extranjera por dos décadas. Esta parte no me gustó, y me deja pensando ya que en los medios donde he oido al candidato, no es claro, o al menos no es consistente con lo que dice su Programa.
Mi lectura personal
El programa de Nueva República es, ante todo, un texto de orden: orden moral, orden institucional, orden fiscal y orden social.
Y en un país cansado del desorden, eso tiene atractivo político. Pero el peligro está en que ese orden se logra a costa de la libertad. Hay inteligencia técnica en la propuesta de gerencia pública, sí. Pero también un peligroso centralismo moral y político, que asume que el poder puede “corregir” la sociedad desde arriba.
La historia latinoamericana ofrece demasiados ejemplos de lo que ocurre cuando el poder se mezcla con la fe: la administración se convierte en cruzada. No dudo de la buena fe de Fabricio Alvarado ni de su equipo. Hay convicción y disciplina en el documento, eso se nota. Pero gobernar un país diverso requiere algo más que valores: requiere respeto por la diferencia y límites al poder.
La calificación de 3.2 sobre 5 refleja eso: un plan técnicamente robusto en gestión y seguridad, pero ideológicamente cerrado y democráticamente frágil. Su mayor virtud es la eficiencia; su mayor riesgo, el absolutismo moral.
Conclusión
El programa de Nueva República es un espejo de su candidato: disciplinado, frontal, de convicciones firmes. Tiene claridad en el diagnóstico, pero no en la libertad.
Propone control, pero no contrapeso. Y su noción de desarrollo se basa en dirección, no en confianza.
Costa Rica no necesita más orden moral; necesita orden institucional, que no es lo mismo. El primero se impone; el segundo se construye.
Y aunque la gente anhela autoridad frente al caos, la autoridad sin límites termina devorando la libertad que dice proteger. Y ahí radica la debilidad del plan de Nueva República: confía más en la virtud del líder que en la madurez de la república. El documento no es un llamado a la libertad, sino a la obediencia. Y aunque la obediencia puede traer orden por un tiempo, nunca trae progreso duradero. Porque una sociedad que teme al desorden más que a la pérdida de su libertad, ya empezó a perder ambas cosas.
Excelente analisis Don Jorge
Muy claro
Gracias