En el competitivo mundo del siglo XXI, la inversión en investigación y desarrollo (I+D) no es una opción: es un imperativo de supervivencia económica. Sin embargo, en Costa Rica seguimos actuando como si la innovación fuera un lujo reservado para países desarrollados, cuando en realidad es el motor que podría redefinir nuestro modelo productivo. La evidencia es clara: mientras Israel dedica un impresionante 6,3% de su PIB a I+D —liderando a nivel mundial— Costa Rica apenas invierte el 0,28%, ubicándose peligrosamente por debajo del 1% que los expertos consideran el mínimo para aspirar a un desarrollo sostenible basado en el conocimiento.
No se trata únicamente de montos. Se trata de visión estratégica. Israel, un país con limitaciones territoriales, rodeado de amenazas geopolíticas y militares y carente de recursos naturales, entendió desde hace décadas que la única manera de garantizar su supervivencia era invertir masivamente en su recurso más valioso: el talento humano y la capacidad de innovar. Costa Rica, por el contrario, pese a su estabilidad política y su capital humano razonablemente bien formado en niveles básicos (pero con un claro peligro de rezago), no ha logrado dar el salto cualitativo hacia una economía intensiva en conocimiento.
Esta realidad debería alarmarnos.
El espejo israelí: ecosistema, políticas y resultados
Israel no sólo invierte más: invierte mejor. Su ecosistema de innovación combina una red densa de universidades de excelencia, un sector privado altamente dinámico, acceso abundante a capital de riesgo y políticas públicas agresivas de apoyo a la innovación. Hoy, Israel concentra más de 7.000 empresas tecnológicas activas, aloja cerca de 300 centros de investigación y desarrollo de multinacionales, y mantiene una relación simbiótica entre su aparato académico, militar e industrial.
Este ecosistema no surgió espontáneamente. Fue producto de una política de Estado coherente y sostenida. Desde el programa Yozma en los años noventa, que catapultó el capital de riesgo local, hasta los actuales instrumentos de la Autoridad de Innovación de Israel, el gobierno ha intervenido estratégicamente para eliminar fallas de mercado, reducir el riesgo de innovar y apalancar la inversión privada, pero dejando que el sector privado sea el que lleve la batuta. Tanto así que cada dólar público invertido en I+D en Israel genera entre dos y tres dólares adicionales de investigación privada. El impacto en su economía es contundente: el sector tecnológico representa cerca del 20% de su PIB y más del 50% de sus exportaciones.
No hay misterio: Israel construyó una política pública de innovación basada en incentivos concretos, institucionalidad robusta y una cultura que celebra el emprendimiento y la experimentación.
El rezago costarricense: fragmentación, falta de incentivos y baja escala
En Costa Rica, a pesar de esfuerzos aislados como el fortalecimiento de la industria de dispositivos médicos y los programas impulsados por el MICITT, la inversión en I+D sigue siendo marginal y altamente concentrada en unas pocas multinacionales que operan bajo el régimen de zonas francas. No existe un verdadero ecosistema de innovación nacional: las «autónomas» universidades investigan poco y transfieren aún menos conocimiento al sector productivo; el acceso a capital de riesgo es casi inexistente; y las políticas públicas de fomento a la innovación son limitadas y dispersas.
El resultado es un país que ha logrado diversificar sus exportaciones parcialmente —particularmente en manufactura avanzada como el sector medtech— pero que no ha construido un sistema de innovación que sea capaz de sostener crecimiento de largo plazo basado en el conocimiento.
El problema no es de talento: nuestros jóvenes tienen capacidad, creatividad y deseo de superación. El problema es estructural: no existen los incentivos adecuados ni el entorno institucional que fomente el riesgo, la experimentación y la inversión privada en ciencia y tecnología.
Una estrategia para el cambio: del voluntarismo al diseño institucional
Costa Rica necesita, con carácter de urgencia, diseñar e implementar una política de innovación integral basada en tres ejes fundamentales:
1. Incentivos fiscales y financieros específicos para la I+D.
Debemos crear un esquema robusto de incentivos tributarios para empresas que inviertan en investigación y desarrollo, siguiendo el modelo israelí. No basta con exenciones genéricas en zonas francas: se necesitan créditos fiscales aplicables a proyectos de innovación tecnológica en cualquier sector económico y para empresas de todos los tamaños. Se debe apostar a dejar crecer la inversión privada a través de fondos de inversión orientados a capital semilla y venture capital con regulaciones mínimas. Treinta y cuatro de los treinta y ocho países de la OCDE otorgaron incentivos fiscales para gastos en I+D en 2024. Costa Rica, Israel (ya no lo necesita), Letonia y Luxemburgo fueron los únicos cuatro países de la OCDE que no ofrecieron incentivos fiscales basados en gastos de I+D en 2024.
2. Fortalecimiento de la vinculación universidad-empresa.
Es urgente establecer oficinas de transferencia tecnológica (TTOs) en todas las universidades públicas y mayores privadas, con metas claras de comercialización de resultados de investigación. Estas oficinas deben ser autofinanciables y operables bajo criterios de eficiencia y resultados. Además, deben crearse consorcios sectoriales de investigación aplicada, donde empresas y universidades trabajen conjuntamente en proyectos con objetivos comerciales claros.
3. Concentración estratégica en sectores de alta potencialidad.
Costa Rica debe priorizar sectores donde ya tiene ventajas comparativas o bases de conocimiento existentes: biotecnología agrícola, tecnologías médicas, energías renovables, ciberseguridad y software especializado. Estos sectores deben ser declarados estratégicos y recibir apoyo coordinado de todas las instancias estatales: financiamiento, formación de talento, apoyo a la exportación, y atracción de inversión extranjera de alto valor agregado.
No basta desear: la innovación requiere decisión política
La experiencia israelí demuestra que el desarrollo de un ecosistema de innovación de clase mundial no es producto del azar ni del voluntarismo. Es el resultado de decisiones políticas difíciles, mantenidas a lo largo de décadas, que combinan inversión privada inteligente, eliminación de obstáculos regulatorios, incentivos fiscales bien diseñados y promoción activa de la cultura del emprendimiento.
Candidatos presidenciales escuchen: Costa Rica debe dejar de tratar la innovación como un tema accesorio y convertirla en un eje central de su política de desarrollo económico. No hacerlo condenará al país a un crecimiento mediocre, dependiente de sectores tradicionales vulnerables a la competencia global y al avance tecnológico.
La buena noticia es que los cimientos existen: talento humano, estabilidad institucional, apertura comercial. Pero sin una transformación profunda de nuestro enfoque hacia la investigación y el desarrollo, esas ventajas no se traducirán en prosperidad sostenible.
La elección es nuestra. Podemos seguir celebrando exportaciones de piñas y cafés especiales, o podemos apostar decididamente por convertirnos en un hub de innovación en América Latina. Podemos seguir midiendo la inversión en I+D en décimas de punto, o podemos trazarnos la meta de alcanzar el 1% del PIB en I+D en la próxima década, como primer paso serio hacia la transformación.
Costa Rica tiene ante sí la oportunidad de aprender de quienes han recorrido exitosamente este camino. La pregunta no es si podemos hacerlo. La pregunta es si tendremos el coraje político y la visión estratégica para hacerlo.