La Política.


Costa Rica se encuentra a nueve meses de unas cruciales elecciones presidenciales y legislativas el 1 de febrero de 2026; un periodo que usualmente agudiza el debate público y la pasión popular. En consecuencia, vale la pena preguntarse qué es la política, cómo ha evolucionado desde los orígenes clásicos en la polis griega y cumplido una función esencial en organizar la vida común. Por supuesto, la política —como cualquier otro término intelectual— no puede entenderse únicamente en abstracto, ya que esto no solo sería inútil, sino dañino.

No; propongo que todo el mundo debería tener una comprensión básica y amplia de lo que es la política, solo así se podrá comprender y participar constructivamente la toma de decisiones políticas. ¿Qué es la política en un sentido amplio, qué es la razón por la que se ha convertido en un tema tan intensamente apasionado, y qué acontece si simplificamos todo eso a “debates” en la plataforma de redes sociales de tu elección?

A lo largo de la historia, muchos pensadores han tratado de comprender la política y el motivo por el que existe. Uno de los puntos de vista fundamentales es la teoría del contrato social. Tales figuras filosóficas de la Ilustración como Thomas Hobbes, John Locke y Jean-Jacques Rousseau explican que la sociedad y el Estado se crean mediante un acuerdo entre las personas y los grupos de personas para garantizar algunos fines comunes. Las personas renuncian a parte de su libertad y convienen en que la política mantendrá un orden adecuado y asegurará la protección física y económica. En particular, Rousseau propone que los seres humanos nacen libres e iguales y, al mismo tiempo, concluyen un “contrato social” que crea un cuerpo político que garantiza la libertad y la igualdad de todos ante la ley. La idea sentó las bases del pensamiento político moderno: en el contrato social, la autoridad legítima se deriva del consentimiento de los gobernados, y la política se convierte en un medio para formar la “voluntad general” de la nación.

Política como organizadora de la vida pública: organización de vida en común.

La política ha sido el mecanismo que ha organizado la vida pública en todos los formatos, desde la polis griega hasta los estados nacionales contemporáneos; incluye la formación de gobiernos, las leyes y las instituciones creadas y la administración de los recursos colectivos. En las polis griegas, por ejemplo, surgió la idea de que los ciudadanos varones que tenían derechos podían tomar decisiones políticas directamente, algo sin antecedentes en tiempos arcaicos de deliberación y autogobierno comunitario. Siglos después, la construcción de naciones en Europa y las Américas concretizaron esta visión en la forma de instituciones republicanas inspiradas en los clásicos y el contrato social. La independencia de Estados Unidos en 1776 y la Revolución Francesa de 1789 establecieron nuevos tipos de regímenes políticos basados en las constituciones, la separación de los poderes y los derechos ciudadanos, y fundaron un modelo de democracia que hasta hoy ha demostrado ser único, así como un régimen de dicotomías ideológicas, como la dicotomía izquierda–derecha o estatismo y libertad que continúan caracterizando nuestras sociedades. Esos procesos fueron un intento de moderar la violencia y el desorden a través de reglas e instituciones, haciendo evidente que la política era el lugar donde los conflictos debían resolverse de una forma determinada, pacífica y estable. Costa Rica, por ejemplo, nos ofrece un caso ilustrativo, la abolición del ejército en 1948, una decisión “visionaria” de los políticos y líderes del país, deteniendo nuestras propias tentaciones autoritarias y evitando la plaga de las dictaduras militares que afectaron a otros países de nuestra región en el siglo XX, haciéndonos la democracia ininterrumpida más sólida de la región. Esta transformación institucional, el “estado civil” robusto que construimos con instituciones como el Tribunal Supremo de Elecciones, el financiamiento de las escuelas y hospitales con los recursos que en otros países se destinaron al gasto militar, nos muestra cómo la política puede, mediante nuevos pactos sociales y reformas, redefinir el rumbo entero de una sociedad.

¿Por qué la política despierta pasiones?

Pocas esferas de la actividad humana pueden rivalizar con la política en términos de las personas y sus actitudes (en Costa Rica solamente el fútbol, lamentablemente. Me parece que la religión ha pasado a un segundo plano). La política estructura grandes corrientes ideológicas que operan casi como “pasiones colectivas”. Los conceptos de izquierda y derecha, como se dijo, nacieron con las revoluciones modernas y todavía se construyen; históricamente, amarse a uno u otro ideario político le dio sentido de pertenencia a movimientos enteros, pero también enfrentaba a segmentos de la población entre sí. En la actualidad, varios estudios hablan de un fenómeno de polarización, en el sentido de que aquello que nos separa en política se ha profundizado. Hoy, dice el sociólogo Luis Miller, todos tendemos a creer que “absolutamente todo es político, hasta nuestras decisiones más íntimas”. Lo cierto es que aún a lo cotidiano –la alimentación, el lugar de residencia, el vehículo que conducimos, la ropa que vestimos…- le hemos conferido sentido político, creando así algunas veces lo que se llama mega-identidades. Este clima, en el que cada elección personal parece cargada de una profunda significación política, potencia las pasiones y puede derivar en dos bandos irreconciliables más allá de todo matiz.

Sin embargo, es fundamental recordar que la pasión política no es malvada en sí misma. La tibieza de los ciudadanos en los asuntos públicos no viene a ser buena conductora del interés social en acción común. Las luchas por la independencia, la abolición de la esclavitud, los derechos humanos fueron dadas por pasiones nobles de libertad y transformación. Aun cuando el éxito dependerá de cuán civilizadamente podamos lograr que convivan.

El impacto de la política en la vida cotidiana.

Un viejo aforismo dice que “si uno no se ocupa de la política, igualmente la política se ocupará de uno”. Esta máxima revela una verdad ineludible: queramos o no, las decisiones políticas nos inciden en prácticamente todos los aspectos de nuestra vida cotidiana. Eso se manifiesta, por ejemplo, en la calidad de los servicios públicos que utilizamos, el porcentaje de impuestos que pagamos, el precio de los alimentos, la seguridad en nuestro barrio, la oportunidad de trabajo y estudio.

Cuando un ciudadano toma un autobús, bebe agua del tubo, envía a sus hijos a la escuela pública o visita un hospital, está experimentando in situ los resultados de políticas públicas trazadas a menudo por representantes electos que han hecho y, en muchos casos, fracasado en este sentido. Del mismo modo, nuestra libertad de expresión o de las libertades individuales y los derechos civiles que rigen la propiedad, el derecho a la asociación, entre otros, son protegidos por un complejo entorno político-legal que hace que muchas actividades sean legales o ilegales en la sociedad.

En otras palabras, incluso quienes se consideran “apolíticos” no están exentos de la política, ya que la calidad de vida y las perspectivas futuras dependen de la administración gubernamental. Entender esta conexión es fundamental para tomar conciencia de la necesidad de involucrarse y garantizar que la gestión del Estado esté fundamentada en el interés común

Democracia y participación: lecciones de contextos consolidados y frágiles

La calidad de la vida política en una sociedad depende mucho del grado de participación y esfuerzo de sus ciudadanos. En los estados consolidados -donde desde hace mucho tiempo existe una verdadera tradición de vida legal e institucional- la cultura cívica es generalmente más fuerte, y las personas eligen no solo de manera activa, sino que también se organizan en grupos comunales, discuten asuntos públicos y siguen de cerca el trabajo de los órganos gubernamentales.

Por supuesto, los estados maduros de la democracia, como los países del norte de Europa, pueden presumir de un alto nivel de participación en la jornada electoral. Por ejemplo, en Suecia, casi el 84% de los votantes participaron en las últimas elecciones generales. Además, hay una confianza considerable en las instituciones y una educación cívica desarrollada desde temprana edad, lo que permite comprender cómo opera el sistema político y cuál es el rol ciudadano. Como resultado, se forma una comunidad cohesionada: los conflictos se resuelven a través de cauces legales y pacíficos.

En cambio, en los estados frágiles o relativamente jóvenes, los desafíos de la participación efectiva son múltiples. En países políticamente inestables o que han atravesado conflictos, la apatía, la desconfianza o incluso el miedo a participar en política son comunes. Por ejemplo, en algunos países donde el desencanto con los partidos políticos es fuerte, las tasas de votación apenas alcanzan el 20%, lo que refleja un retraimiento ciudadano. Cuando a las personas les importa poco quién está en el poder o creen que sus voces no tienen peso, el terreno queda abonado para el populismo o incluso para un retroceso democrático.

Por otro lado, algunos países en crisis han logrado fortalecer su democracia gracias a la movilización ciudadana. Por ejemplo, en Túnez, después de la Primavera Árabe, las elecciones registraron una participación masiva impulsada por el deseo de libertad política. La experiencia cmparada indica que la participación ciudadana es esencial para la salud democrática.

Como se ha mencionado, la democracia es delicada y frágil, marcada por el esfuerzo continuo y la vigilancia. En última instancia, depende del número de personas dispuestas a proteger nuestras instituciones democráticas y las elecciones libres. Sin una participación significativa, ya sea por apatía o por restricciones legales, nuestras instituciones se debilitan y aumenta el riesgo de abuso de poder. Por el contrario, si las personas están informadas, se organizan, votan y exigen responsabilidad a sus líderes, la democracia se fortalece y se mantiene alineada con el interés común.

Los riesgos de una discusión política superficial (especialmente en redes sociales)

En tiempos recientes, un nuevo desafío se ha sumado a la dinámica política: la proliferación de debates públicos a través de las redes sociales. Estas, si bien han democratizado el acceso a la información y permiten que más voces se expresen, también han tendido a superficializar la discusión política.

El formato efímero y de contención de medios como Twitter (sigo negándome a llamarla X), Facebook o TikTok favorece los mensajes cortos, emotivos y polarizantes por sobre el argumento profundo. Estudios de comunicación política señalan que las redes sociales “fomentan una aproximación superficial y emotiva a la política, minando el discurso racional tradicional”. En otras palabras, la arquitectura misma de estas plataformas –con algoritmos que premian el impacto instantáneo, los likes y las tendencias virales– incentiva a simplificar los problemas complejos en consignas, a reaccionar con vísceras en lugar de con cabeza fría, y a interactuar principalmente con quienes nos refuerzan a un solo punto de vista.

La política es, antes que un asunto técnico o ideológico, confrontación entre personas, entre cosmovisiones. En tal sentido, un ámbito de discusión que se torna insípido pierde la esencia más relevante de su naturaleza.

El problema no radica en que la política se reduzca al espectáculo o a la guerra de hashtags, sino en la descalificación y la desinformación. De hecho, encuestas internacionales consultadas manifiestan un alto nivel de preocupación ciudadana en estos ámbitos. Por ejemplo, una encuesta del Pew Research Center en 19 países desarrollados muestra que un 84% de las personas cree que el acceso a internet y redes sociales facilita la manipulación política con noticias falsas, y un 65% considera que estos mecanismos dividen aún más a la sociedad en sus opiniones políticas.

En Costa Rica, como en muchas democracias, abundan ejemplos cotidianos de cómo un tema político relevante —como un proyecto de ley fiscal o una reforma educativa— se convierte en redes sociales en memes o discusiones cargadas de adjetivos que poco tienen que ver con el fondo del proyecto. Si la ciudadanía se informa únicamente a través de estos medios y no escucha más allá de lo que opina su núcleo más cercano, el debate público se empobrece.

Desde un plano aún más peligroso, proliferan noticias falsas o teorías conspirativas, erosionando la confianza en procesos e instituciones legítimas —por ejemplo, negando resultados electorales sin pruebas— y fomentando la radicalización.

Sin embargo, esto no significa que la tecnología sea negativa per se. Bien usadas, las redes sociales pueden servir para organizar movimientos legítimos, visibilizar demandas ignoradas por la prensa tradicional e incluso educar políticamente a quienes no suelen interesarse por estos temas.

Lo crucial es no quedarse en la superficie, sino usar la tecnología para profundizar el debate político. Los ciudadanos debemos desarrollar una “alfabetización digital” aplicada a la política: discernir qué fuentes son confiables, alejarnos de los algoritmos que nos encierran en burbujas ideológicas y debatir con argumentos, de manera real y respetuosa.

Reducir la política a lo que cabe en una pantalla de celular implica renunciar al matiz, a la complejidad y al contexto. En medio del fragor digital, se pierde de vista que detrás de cada tweet hay un futuro para comunidades enteras, merecedor de una discusión seria en espacios adecuados.

El presente periodo electoral es una excelente ocasión para ejercitar esta habilidad: combinar el uso de redes sociales con información más reflexiva. Participemos virtualmente o cara a cara en un foro ciudadano, en una discusión pública bien moderada, leamos y analicemos los programas de gobierno e investiguemos con rigor periodístico.

Conclusión: ciudadanía reflexiva para moldear el país que queremos

La política, si se entiende en su esencia, es quizá el instrumento más potente que tenemos para modelar la sociedad. Es la forma mediante la cual transformamos nuestros valores y visiones de un mañana mejor en realidades colectivas hoy. En Costa Rica, en las vísperas de las elecciones de 2026, quizá sea el momento de adoptar un enfoque diferente hacia esta definición amplia de política.

Dejar de verla como un juego sucio exclusivo de pocos, ni como una contienda inmadura en las redes sociales, y en lugar de eso verla por su mejor faceta: la herramienta más poderosa que tenemos para forjar el país que deseamos.

Esto no podrá suceder sin ciudadanos informados e interesados, lectores responsables de titulares llamativos, estudiantes conscientes de la historia y la realidad internacional, críticos y constructivos. Tampoco podrá ocurrir si no reconocemos que todos somos actores políticos: ya sea un joven votante por primera vez, un profesional opinando en el concejo municipal o un emprendedor invirtiendo en un proyecto, nuestra indiferencia o participación puede dar forma a nuestro futuro común.

En un tono serio y pragmático, debemos reconocer la profundidad del problema real: la polarización excesiva en el debate público, la desinformación y la tentación de la apatía. Pero también debemos aferrarnos al reconocimiento de posibles soluciones: aumentar la educación cívica, fomentar el diálogo en un clima de respeto para todos, fortalecer la responsabilidad de los dirigentes y, sobre todo, no perder la esperanza de que a través de la acción política podemos mejorar las cosas.

Al fin y al cabo, nuestra democracia —que es de todos, no solo del presidente y sus funcionarios— será tan fuerte como el compromiso diario de cada ciudadano con ella. Que esta elección sirva entonces como un recordatorio y un reto. Entender y hacer política no es una obligación exclusiva de los candidatos en la contienda, sino un hecho común compartido y esencial de la vida humana.

Deja un comentario

Descubre más desde Jorge Dengo

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo