Las últimas horas nos han encontrado con discusiones sobre los candidatos a diputados de algunos partidos: ¿Quién es adecuado? ¿Quién no? Sería muy arrogante e inoportuno de mi parte dar una opinión sobre personas que no conozco. Así como lo hice en su momento respecto a la Presidencia de la República (artículo aquí), quiero ahora compartir mi reflexión sobre qué se necesita en la Asamblea Legislativa, no tanto en términos de nombres, sino de las cualidades que deberían marcar la diferencia en quienes aspiran a representar a la ciudadanía.
Haber estado sentado ahí me permite hablar desde la experiencia y afirmar que las destrezas más valoradas por la ciudadanía no coinciden usualmente con las que verdaderamente sostienen el trabajo legislativo. La gente suele fijarse en la oratoria, en la retórica, en la cantidad de proyecto presentados, o en la visibilidad mediática. Pero, puertas adentro, lo que termina definiendo la eficacia de un diputado es su capacidad para leer contextos, tender puentes y sostener convicciones en medio de presiones que cambian con el viento.
La base técnica: condición necesaria, pero no suficiente
Por supuesto, nadie debería aspirar a ser legislador sin una base técnica sólida. El país no aguanta más improvisación. Si alguien va a legislar sobre finanzas públicas, debe entender de impuestos, de la relación entre déficit, deuda y crecimiento económico. Si va a hablar de seguridad social, debe conocer la estructura de la Caja, lo que representa su autonomía constitucional, lo que es prescripción, cómo se designan especialistas y lo que es una carga parafiscal. Si su interés es el libre mercado y la competencia económica, debe saberse al dedillo el artículo 46 de la Constitución Política, manejar la ley de competencia local, el marco jurídico internacional y las obligaciones de Costa Rica en esta materia con la OCDE.
Sin embargo, quedarse solo en lo técnico es insuficiente. El Congreso no es un seminario académico, un aula universitaria ni un bufete de abogados. Es un espacio donde se cruzan visiones país, donde cada voto implica negociar, persuadir y, sobre todo, decidir con responsabilidad política. Ahí es donde entran en juego las habilidades personales, esas que, si faltan, terminan sepultando hasta la mejor preparación técnica.
Humildad
La primera cualidad indispensable es la humildad. No se trata de una humildad para las cámaras o para las redes sociales, sino de una actitud interior de servicio. En la Asamblea Legislativa nadie está para engordar el ego ni para coleccionar aplausos fáciles. Se está para servir al país, lo cual exige escuchar más de lo que se habla, reconocer los límites propios y aceptar que nadie tiene el monopolio de la verdad.
La humildad se refleja en pequeños gestos: atender a un ciudadano sin cámaras, ceder la palabra a un colega de otro partido, reconocer un error sin culpar a terceros. Puede sonar simple, pero créanme, en política estos gestos son cada vez más escasos.
Claridad
Otro atributo esencial es la claridad respecto a quién se representa. Un diputado no llega a la Asamblea para servir a los sectores que lo aplaudieron en campaña, ni para rendirle cuentas a un pequeño círculo de amigos o donantes. Llega para representar al pueblo de Costa Rica en su conjunto, con todas sus contradicciones, intereses encontrados y diversidades.
Esto significa que las decisiones deben tomarse pensando en el bien de la mayoría y no en la popularidad inmediata. Implica decirle que no a grupos de presión poderosos (públicos o privados) cuando lo que piden atenta contra el interés nacional. Implica recordar que la silla legislativa no es propiedad privada ni botín de partido, sino un mandato delegado.
Autenticidad.
En la Asamblea, que tiene un personal administrativo de primer nivel, existe una práctica que me parece contraproducente. Desde el día uno, sin importar para el departamento en el que trabajen, todo el personal llama a los diputados: «jefe». Aunque el gesto en la mayoría es sincero y de respeto, el problema es que muchos de los diputados terminan creyéndoselo. Amigos, el diputado no es jefe de nadie, es si acaso un coordinador de equipos, y antes que nada es un representante de la gente que lo puso ahí. En política, la adulación es siempre momentánea. Hoy se es útil para ciertos sectores y mañana, cuando se deje de complacerlos, se deja de existir para ellos. Los que han trabajado en el sector privado toda su vida, se darán cuenta de esto cuando salgan de nuevo a buscar empleo. Por eso, la autenticidad es clave. Un diputado que vive buscando likes, titulares positivos o tratando de servir a sectores termina siendo rehén de la coyuntura. En cambio, quien mantiene la coherencia con lo que piensa, con sus valores y principios puede pasar por períodos de impopularidad, pero gana la credibilidad que solo da el tiempo. Hay que recordar SIEMPRE que este puesto, como todos en la vida, viene con fecha de expiración.
El país necesita diputados que no se disfracen según el auditorio, que no acomoden su discurso para quedar bien con todos, que sepan decir “esto creo” y sostenerlo incluso cuando es incómodo.
Escucha activa.
En un parlamento, la capacidad de escuchar pesa tanto como la de hablar. La escucha activa permite comprender la lógica detrás de las posiciones contrarias, identificar puntos de convergencia y evitar la confrontación innecesaria. No se trata de renunciar a convicciones, sino de ser capaces de reconocer que del otro lado también hay razones. Quien solo escucha para responder, sin procesar, nada más quiere minutos de polémica. Quien escucha para comprender, en cambio, se convierte en un negociador eficaz. Y la Asamblea Legislativa necesita mucho más de lo segundo que de lo primero.
Resiliencia.
La crítica en política es permanente. A veces justa, muchas veces injusta. Un diputado debe desarrollar resiliencia para no quebrarse ante los ataques ni caer en la tentación de responder con insultos. La resiliencia también se refleja en la capacidad de retomar el trabajo tras un revés legislativo, de volver a presentar un proyecto tras un archivo, de seguir insistiendo en una reforma aunque las circunstancias parezcan adversas.
Trabajo en equipo.
La Asamblea no se mueve por genialidades individuales, sino por mayorías construidas. La idea más brillante se queda en papel si no consigue los votos. Por eso, el trabajo en equipo es esencial. Y aquí no me refiero solo al equipo partidario, sino a la capacidad de articular con legisladores de otras bancadas.
El diputado que entiende esto invierte tiempo en conversar, en tender puentes, en buscar fórmulas de consenso. El que no, termina aislado, haciendo discursos que nadie escucha y proyectos que nunca avanzan.
Ética.
Finalmente, ninguna cualidad vale si no está anclada en la ética. Las presiones en la Asamblea son muchas: económicas, partidarias, mediáticas, personales. Sin una brújula ética clara, cualquier legislador termina cediendo. La ética no es un accesorio, es el fundamento que da coherencia a todo lo demás.
Un diputado con ética entiende que el fin no justifica los medios, que no todo lo legal es necesariamente correcto y que la confianza ciudadana, una vez perdida, rara vez se recupera.
Reflexión Final.
Los próximos meses estarán cargados de show, debates, listas, nombres y candidaturas. La discusión pública se centrará, como siempre, en quién encabeza, quién entra por arrastre y qué partido lleva a tal o cual figura. Yo quisiera, sin embargo, invitar a una reflexión distinta: más allá de los nombres, ¿qué tipo de cualidades esperamos de quienes van a legislar en los próximos cuatro años?
Si algo aprendí en la Asamblea es que las leyes no las hacen los discursos, sino las personas. Y que lo que define a esas personas no es solo su currículo, sino su humildad, su autenticidad, su resiliencia, su capacidad de escuchar y de trabajar en equipo, y, sobre todo, su ética.
Ojalá que los partidos y los electores lo tengan claro. Porque Costa Rica necesita menos show y más servicio, menos improvisación y más preparación, menos adulación y más autenticidad. Y sobre todo, necesita diputados que nunca olviden que, al final del día, no están ahí por sí mismos, sino por el país entero.