Educación: el verdadero tema de fondo


Estoy convencido de que el problema educativo es el más importante del país en este momento de nuestra historia. Aunque la seguridad dominará la campaña electoral y capta, con razón, la atención ciudadana por la urgencia del crimen y el narcotráfico, ese no es el tema de fondo. Lo urgente no siempre es lo más importante. Las raíces más profundas del bienestar de cualquier nación se encuentran en la educación, la economía y la salud. Cuando esas tres marchan bien, la sociedad no se abre facilmente a la actividad delictiva ni al deterioro democrático.

El Décimo Estado de la Educación, publicado este 2025, ofrece una radiografía cruda de nuestra realidad. Y aunque el informe apunta a las múltiples falencias acumuladas, su principal salida vuelve a ser la misma receta: gastar más. Propone retornar al 8% del PIB en inversión educativa como condición indispensable para revertir el deterioro. Esa insistencia resulta problemática porque ignora una verdad incómoda: en Costa Rica el problema no ha sido cuánto gastamos, sino cómo gastamos.

Ya lo señalé en un artículo anterior: Países Bajos invierte alrededor del 5,4% de su PIB en educación, bastante menos que el máximo de 7,5% que Costa Rica llegó a destinar en 2017, y sin embargo sus estudiantes obtienen resultados entre los diez mejores del mundo en pruebas internacionales como PISA. Nosotros, en cambio, hemos hecho del gasto educativo un paradigma incuestionable, mientras nuestros alumnos promedian puntajes por debajo de América Latina y en franca caída.

En palabras simples, el problema educativo no se arregla tirándole plata. Es como tratar de llenar un balde lleno de huecos. Por supuesto que estoy de acuerdo en invertir lo más que se pueda en educación, pero arreglemos el balde primero.

Lo que revela el Informe

El Estado de la Educación 2025 confirma el peor desempeño histórico de Costa Rica en las pruebas PISA. Solo el 28% de nuestros estudiantes de 15 años alcanzan el nivel mínimo de competencia en matemáticas, contra un 69% en el promedio de la OCDE. En lectura la situación es apenas menos dramática: perdimos el equivalente a medio año de aprendizaje respecto a la medición previa.

El informe muestra también que la cobertura se estancó en secundaria, que el MEP funcionó tres años sin plan estratégico y que la improvisación ha dejado al sistema sin rumbo. Retrata, además, un cuerpo docente desgastado: cuatro de cada diez maestros enfrentan condiciones laborales adversas y el ausentismo por incapacidad crece aceleradamente.

En educación superior, pese al crecimiento de la matrícula, la graduación se rezaga, las carreras siguen concentradas en ciencias sociales y educación (en lugar de carreras de alta empleabilidad), y los rezagos en secundaria se trasladan a la universidad, minando la asignación de empleo.

Frente a este panorama, el informe recomienda recuperar el 8% del PIB, mejorar la cobertura, profesionalizar al docente, invertir en infraestructura, fortalecer el Consejo Superior de Educación y crear sistemas de evaluación externos. Algunas de esas propuestas son acertadas. Pero otras, especialmente las relacionadas con el volumen de gasto, resultan inviables en un país con finanzas públicas frágiles y un MEP que ni siquiera logra ejecutar eficientemente los recursos que ya se le asignan. El balde, recuerdan.

Lo que dice la OCDE

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) ha sido clara: Costa Rica invierte mucho en educación en relación con su nivel de desarrollo, pero obtiene poco a cambio. El problema no es de volumen, sino de eficiencia y calidad del gasto. La OCDE ha insistido en la necesidad de fortalecer la gobernanza, profesionalizar la carrera docente y priorizar la evaluación de resultados. Por aquí es donde yo creo que deben ir las cosas.

Es decir, la evidencia internacional respalda una tesis simple: gastar más sin transformar la forma en que gastamos no nos sacará del estancamiento. Al contrario, profundizaría la frustración social y la desconfianza en el sistema. Tenemos que taparle los huecos al balde o mejor aún, usar un balde nuevo.

Una hoja de ruta realista

¿Qué hacer entonces? La salida no está en presupuestos cada vez más abultados, sino en gastar mejor. Creo que realisísticamente la cosa podría ir por aquí:

1.    Focalizar en aprendizajes fundamentales. Redirigir recursos a programas de alfabetización temprana, matemáticas básicas y nivelación de rezagos. Sin dominar lectura y razonamiento lógico en la primaria, todo el resto del sistema se convierte en una cadena de frustraciones.

2.    Profesionalizar la carrera docente. Implementar de una vez las pruebas de idoneidad al ingreso, exigir mayor preparación académica en primaria, vincular ascensos y salarios al mérito y ofrecer capacitación continua vinculada a resultados reales de aula. Hace aproximadamente cinco años se aprobó una ley de idoneidad docente que a la fecha no se ha implementado. Injustificable.

3.    Institucionalizar la evaluación educativa. Crear un sistema nacional independiente de macroevaluación que aplique pruebas periódicas estandarizadas, de dificultad suficiente, y que alimente la política pública con evidencia, no con discursos ideológicos. Aunque normalmente estoy en contra de la creación de más instituciones, si estaría a favor de crear un organismo evaluador independiente, adscrito a CONESUP que se encargue de todo lo que sea evaluación. Incluso podríamos pensar que este organismo en un futuro cercano sea el que también evalúe a los profesionales en distintos campos quitándole esa atribución a los colegios profesionales (de cuya objetividad y transparencia siempre he dudado). Tenemos un ejemplo en México que funciona muy bien: el CENEVAL (Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior) es una institución especializada en diseñar y aplicar exámenes estandarizados que miden conocimientos y habilidades de estudiantes y profesionales. Podríamos tener una institución similar y resolvemos varios problemas de una sola vez.

4.    Optimizar infraestructura y tecnología existentes. Resolver órdenes sanitarias pendientes y dar mantenimiento a las escuelas actuales antes de iniciar nuevos proyectos. Aprovechar la inversión hecha en TIC, capacitando docentes en su uso pedagógico, en lugar de seguir comprando equipos que terminan guardados.

5.    Alianzas estratégicas con el sector privado y la cooperación. Promover la educación dual y técnica, vinculada a la demanda laboral real. Estimular becas y formación compartida con empresas, de modo que la pertinencia curricular no dependa solo del Estado.

6.    Reformas institucionales.  Fortalecer al Consejo Superior de Educación para que actúe con independencia y capacidad técnica; establecer por ley planes educativos decenales vinculantes; revisar la estructura de financiamiento del FEES y condicionar transferencias a resultados.

Aprender de quienes lo hacen mejor

Los Países Bajos, Estonia o Singapur nos enseñan que el éxito educativo no depende de gastar más, sino de gastar con foco en calidad, innovación y evaluación constante. Mientras tanto, nosotros seguimos atrapados en la trampa del porcentaje del PIB, como si un número fuera garantía de aprendizaje.

El voto por la educación

La campaña hablará de seguridad, de narcotráfico y de violencia. Y claro que ese es un tema urgente. Pero el tema más importante, el que define si dentro de veinte años tendremos un país más próspero o más violento, es la educación. La economía y la salud dependen también de ella: un trabajador más calificado produce más, un sistema de salud con médicos mejor formados atiende mejor, y una sociedad con mayor movilidad social es menos propensa a caer en la criminalidad.

Por eso, el candidato que presente una hoja clara en la ruta de la educación, sin recurrir al fácil remedio de aumentar el gasto, será el que puede contar con mi voto y con mi apoyo. Costa Rica necesita recuperar la fe en su educación, no a punta de cheques en blanco, sino con reformas profundas que hagan del gasto una inversión real en el futuro de nuestros hijos.

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