La letra escarlata de la política


En más de una ocasión he escrito sobre lo que se requiere para ser diputado, sobre cómo podemos mejorar el nivel de la Asamblea Legislativa y sobre las condiciones mínimas que deberían exigirse a quienes aspiran a ser representantes del pueblo. Pero hoy quiero detenerme en un ángulo distinto. Ayer en la noche, el programa «el Octavo Mandamiento» en OPA dedicó su espacio a discutir el proceso de formación para nuevas diputaciones que realiza la organización +Costa Rica. Un esfuerzo encomiable donde se trata de preparar a la personas que aspiran a futuros cargos de elección popular para todo lo que demandan los mismos. Sinceramente no sé si en este curso se prepara a las personas más allá de lo que se necesita para entrar a la vida pública, sino en lo que se sacrifica una vez tomada esa decisión.

Es una reflexión incómoda pero necesaria para aquellos que sueñan con convertirse en “padres o madres de la patria”. Porque la política, aunque seduce con la ilusión de transformar realidades, cobra un precio que pocos imaginan y que casi nadie está dispuesto a contar.

Una decisión que nunca es personal

Entrar a la vida pública no es, ni debe ser nunca, una decisión individual. Quien asume un cargo electivo arrastra consigo a su pareja, a sus hijos, a sus padres. La familia entera entra al ruedo, con todo lo bueno y lo malo que ello conlleva.

Las presiones no se quedan en el despacho ni en el plenario. Las críticas de redes sociales entran por la puerta principal de la casa. Los titulares hirientes, las caricaturas mordaces y los rumores infundados se vuelven parte de la sobremesa familiar. En mi paso por la Asamblea fui testigo del derrumbe de relaciones, de familias quebradas (la mía incluida) por la tensión permanente que la política impone. Ese costo rara vez aparece en los discursos de campaña, pero es el más alto de todos.

La marca de la letra escarlata

La literatura ofrece metáforas potentes para explicar lo que significa haber sido “persona expuesta políticamente” (PEP). Nathaniel Hawthorne, en su obra La letra escarlata, narró cómo las mujeres acusadas de adulterio eran obligadas a llevar en el pecho una “A” bordada en rojo, como marca indeleble de su supuesta culpa.

Algo parecido ocurre con quienes hemos pasado por la función pública. Ser catalogado como PEP es una condición que lo persigue a uno durante años, mucho después de haber dejado el cargo. Abrir una simple cuenta de ahorros, un trámite que cualquier ciudadano resuelve en minutos, puede convertirse en un calvario que dura meses. Y no es un tema menor: es un recordatorio constante de que haber servido al país equivale, en los ojos de muchos, a cargar con un estigma. La política no solo marca: estigmatiza. Y esa cicatriz institucional es tan real como injusta.

El espejismo para quienes venimos del sector privado

Para quienes llegan a la política desde puestos de gerencia o dirección en el sector privado, el choque con la realidad pública es enorme.

Primero, la compensación no resulta atractiva en comparación con las responsabilidades asumidas. Quien piense que ser diputado es un negocio no sabe en lo que se mete. Para los que tenemos un compromiso ético, no lo es.

Segundo, las horas de trabajo son interminables. No hay fines de semana ni feriados; el calendario legislativo no conoce de cumpleaños ni aniversarios, pese a la creencia popular. La salud pronto empezará a sufrir por las largas horas y falta de ejercicio entre otras cosas.

Tercero, el ritmo de avance de los proyectos es desesperante. Quien viene de entornos corporativos ágiles, donde las decisiones se toman en días y se ejecutan en semanas, se frustra ante una maquinaria estatal que mide sus avances en meses y años.

Y finalmente, una advertencia más dura: mientras se ocupa el cargo, los actores privados se acercan, invitan, consultan. Siguen viéndolo a uno como “uno de los suyos”. Pero al terminar el período, cuando llega el momento de reincorporarse a la vida empresarial, esas mismas puertas se cierran. Nadie quiere “contaminarse” con el tufo político. El político que regresa al sector privado descubre que, aunque partió de allí, ya no pertenece.

La soledad del poder

Otra verdad incómoda: la mayoría de las amistades que se hacen en política son superficiales, utilitarias, condicionadas al cargo (no todas, hay algunas que se hacen que son muy sinceras y para toda la vida). Son amistades de coyuntura, que se desvanecen al apagar la curul.

En contraste, los enemigos que uno se gana son permanentes. No hay resentimiento más duradero que el que se fragua en la política. Y lo más cruel: esos enemigos no cuestan esfuerzo, se multiplican gratis y para toda la vida.

El poder, lejos de rodear de compañía, aísla. Y la soledad se convierte en compañera habitual de quienes deciden servir.

Los instantes que salvan todo

Y sin embargo, aun con todo esto, hay momentos que justifican todo lo malo. No son muchos, y ciertamente no son frecuentes. Pero cuando suceden, brillan con una intensidad que ilumina la oscuridad.

Ese instante en que se logra aprobar una ley que mejora la vida de la gente. Esa tarde en que un ciudadano se acerca y agradece porque una gestión resolvió un problema que arrastraba años. Ese minuto en que se siente, de verdad, que el esfuerzo tuvo sentido.

Esos instantes son los que salvan la experiencia, los que hacen que, a pesar de los sacrificios, valga la pena haber pasado por ahí.

Reflexión final

La política es una vocación que exige valentía y humildad. Valentía para enfrentar las críticas, las renuncias y las cicatrices personales que deja el servicio público. Humildad para entender que, aunque uno ponga la cara y la firma, nunca se está solo: la familia carga la misma mochila, a veces más pesada aún.

Quien decida emprender este camino debe hacerlo con plena conciencia de lo que sacrifica y de lo que arriesga. No basta con el deseo de servir ni con la ambición de figurar. Se necesita, sobre todo, la convicción de que cada golpe recibido y cada puerta cerrada se compensarán con esos escasos, pero inolvidables, momentos en que uno siente que ayudó de verdad a su país.

Porque al final, esa es la paradoja de la política: cuesta más de lo que paga, hiere más de lo que reconoce, pero ofrece aunque sea en pequeñas dosis la satisfacción incomparable de haber aportado, de haber servido, de haber estado ahí cuando hacía falta.

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