La verdad en retirada. Nuestro mayor problema.


Ayer lancé en mis redes una pregunta sencilla pero profunda: ¿cuál es, según ustedes, el mayor problema que enfrentamos como sociedad?

Recibí muchas respuestas valiosas: la indiferencia ante el sufrimiento ajeno, cómo nos dividen y nos hacen pelear entre nosotros, el irrespeto (especialmente cuando proviene desde arriba), el abuso del poder, la resistencia a romper el status quo para lograr un verdadero cambio, la falta de moral y ética, la aplicación selectiva de la ley, la polarización, la corrupción y la pérdida de valores.

Cada una de esas respuestas refleja una preocupación legítima, nacida desde la experiencia y la convicción personal. No podría cuestionar ninguna. Todas revelan, a su manera, una parte del malestar que atraviesa nuestro tiempo. Y, aun sin tener más autoridad que quienes respondieron, quiero compartir también mi propia reflexión sobre cuál considero que es el mayor problema de nuestra sociedad.

Hay crisis que se ven y otras que se sienten. Las que se ven: la desigualdad, la inseguridad, la corrupción, la polarización llenan titulares y discursos. En mi opinión hay una más silenciosa, más profunda y más peligrosa: la erosión de la verdad. No se trata de una discusión académica ni de una simple cuestión de comunicación; es el punto de quiebra de nuestra sociedad. Qué creer y qué no. Cuando la verdad se desvanece, la confianza muere.

Vivimos en una era rara. Una era paradójica. Nunca antes la humanidad tuvo tanto acceso a la información, y sin embargo, nunca fue tan difícil distinguir verdad de mentira. La abundancia de datos no ha traído claridad, sino confusión. Las redes sociales han terminado por amplificar la emoción sobre la evidencia, el ruido sobre la razón. Lo que antes era un debate sobre ideas se ha transformado en una guerra de percepciones, donde la veracidad importa menos que la intensidad del aplauso o el enojo que despierta. Daniel Patrick Moynihan lo expresó mucho mejor que yo: «Todos tienen derecho a su propia opinión, pero no a sus propios hechos» Si, el pluralismo de ideas y opiniones es algo legítimo, pero la realidad no es negociable.

La posverdad como sistema

La “posverdad” es un sistema. Un entorno cultural donde la verdad deja de ser un valor compartido y se convierte en una herramienta de poder. Ya no importa que algo sea cierto, sino si resulta útil para sostener una opinión, ganar una elección o reforzar una identidad.

La política moderna es el mejor laboratorio para observar este fenómeno. Los líderes no compiten tanto por ofrecer soluciones como por construir versiones de la realidad. El hecho es secundario; lo que cuenta es la emoción que se despierta en el votante. Y los votantes son simples números. En nuestra región lo hemos visto una y otra vez: discursos que convierten la pobreza en arma, el asistencialismo en una meta, la historia en excusa y la esperanza en mercancía electoral. No hay nada más rentable que un enemigo invisible o un relato conveniente. Y cuando la verdad estorba, se reescribe.

Pero esto no es solo un problema de la política. La crisis de la verdad atraviesa todas las esferas: la ciencia, los medios, la educación, e incluso las conversaciones del día a día. Cada quien vive en su propio ecosistema informativo, alimentado por algoritmos y sesgos que confirman lo que ya piensa.

La raíz filosófica: del conocimiento a la conveniencia

La pregunta de fondo no es tecnológica, sino moral. La verdad dejó de ser una búsqueda para convertirse en una preferencia. En lugar de preguntarnos qué es cierto, nos preguntamos qué nos conviene creer. Elegimos verdades como elegimos productos, según afinidad emocional o estética, no por rigor o evidencia real.

Cuando la verdad se vuelve relativa, la ética se vuelve negociable. Y cuando la ética se debilita, el poder se vuelve absoluto. De ahí que el deterioro de la verdad no solo afecte la calidad del debate público, sino la sustancia misma de la democracia. Un ciudadano que ya no distingue entre verdad o mentira es manipulable; una sociedad que renuncia a la verdad se entrega, sin saberlo, a la arbitrariedad del más hábil.

Ejemplos de hoy: política, medios y tecnología

Basta observar el panorama actual para comprender el problema. En la política, los hechos se subordinan a la «narrativa»; en los medios, la urgencia por ser los primeros supera la obligación de ser precisos; en la tecnología, los algoritmos privilegian lo viral sobre lo veraz. El resultado es una cultura del mareo, donde la velocidad reemplaza la reflexión y la emoción suplanta el pensamiento crítico.

La inteligencia artificial amplifica tanto las oportunidades como los riesgos. Las mismas herramientas que permiten democratizar el conocimiento pueden ser usadas para fabricar realidades enteras. Si antes dudábamos de las palabras, pronto dudaremos también de las imágenes, de los videos y de los audios. Y cuando la percepción deja de ser confiable, la verdad se vuelve un acto de fe.

La reconstrucción del criterio

Por todo esto para mi la respuesta no puede venir impuesta. No puede venir de leyes o algoritmos. Se necesita rescatar la idea de que la verdad importa no porque sea conveniente, sino porque es el fundamento de la convivencia social. Educar para discernir, más que para repetir; enseñar a pensar, más que a reaccionar. Pensamiento crítico en nuestras escuelas, en nuestros hogares y en nuestros círculos sociales y profesionales.

En el ámbito público, eso implica un esfuerzo de las instituciones y los medios por recuperar su credibilidad. En la política, exige líderes que comprendan que gobernar no es manipular percepciones, sino enfrentar realidades, incluso cuando son impopulares. Y en la vida personal, requiere una dosis de humildad intelectual: aceptar que podemos estar equivocados y que aprender implica cambiar de opinión.

Quizás la gran batalla del siglo XXI no será ideológica, sino epistemológica: la defensa del concepto mismo de verdad. No habrá progreso económico, ni justicia, ni democracia sostenible si no podemos ponernos de acuerdo sobre los hechos. Sin verdad, no hay diálogo; sin diálogo, no hay pacto; sin pacto, no hay país.

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