Cómo Navegar el Ruido Político: Filtros para una Buena Elección


A medida que avanza la campaña electoral y el país se prepara para esa tregua política que trae consigo el fin de año, surge una necesidad casi terapéutica: hacer silencio. No un silencio absoluto, porque eso es imposible en plena contienda, sino un silencio interior que permita ordenar ideas y separar lo esencial de lo accesorio. En política lo dominante no es el debate serio. Lo dominante es el ruido. Y si no somos capaces de reconocerlo, ese ruido termina decidiendo por nosotros.

Ese ruido tiene múltiples formas. A veces toma la apariencia de encuestas diarias que parecen contradecirse entre sí. Otras veces llega en la forma de videos cortos diseñados para indignar. También aparece disfrazado de opiniones rotundas, que repiten la misma narrativa una y otra vez hasta que suena a verdad. En una sociedad con posiciones polarizadas, cada bando amplifica el ruido que más le conviene. No lo hace por maldad; lo hace porque así funciona la competencia por el poder. Se exageran los errores del rival, se omiten los propios, se toman anécdotas y se inflan hasta convertirlas en crisis nacionales.

Esta dinámica tiene un paralelo muy claro fuera de la política. Cuando estamos presenciando un divorcio, y todos hemos presenciado alguno, aunque sea de tercero, sucede algo similar: cada parte ofrece una versión diametralmente opuesta, tratando de justificar sus acciones y desnudar las del otro. Pero la verdad, por lo general, no está en ninguno de los extremos. Se encuentra en algún punto intermedio, incómodo, casi siempre silencioso. Lo mismo ocurre en las campañas políticas: las versiones más ruidosas raramente contienen la verdad completa.

Más allá de simpatías partidarias o frustraciones acumuladas, lo cierto es que la decisión de elegir a alguien para gobernar no puede basarse en la Alka Seltzer del día. Se requieren filtros. Criterios racionales que nos permitan movernos por ese ruido emocional. Ruido que es inevitable, pero no infranqueable.

El primer filtro es el liderazgo. Mucho se confunde liderazgo con popularidad, pero son cosas distintas. Un líder no es quien recibe más aplausos, sino quien sostiene decisiones difíciles cuando la presión es grande. En un país con instituciones desgastadas, un presidente no puede limitarse a administrar la coyuntura. Debe tener criterio propio, estabilidad emocional y la capacidad de enfrentar crisis sin echarle la culpa a todos los demás y al pasado. Un buen líder también sabe admitir errores, pedir perdón, ajustar el rumbo y, sobretodo, pedir ayuda.

El segundo filtro es la capacidad de formar equipos. Este punto suele desaprovecharse porque las campañas se enfocan casi exclusivamente en la figura del candidato. Pero gobernar es un deporte colectivo. Costa Rica lo debería saber: los gobiernos más estables han sido aquellos que lograron rodearse de equipos competentes, diversos y capaces de ejecutar. Un presidente que llega con un círculo cerrado de personas sin experiencia técnica o sin criterio independiente está condenado a repetir errores y a gobernar desde la improvisación. La pregunta es simple: ¿quién puede atraer talento? ¿Quién inspira confianza en profesionales serios? ¿Quién ha demostrado antes la habilidad de armar equipos y sostenerlos?

Luego viene la oferta programática. No se trata de exigir una tesis de 300 páginas. Se trata de que exista coherencia. Que haya prioridades. Que los números cierren. Que los tiempos tengan sentido. Que las propuestas no contradigan la realidad fiscal del país. Un programa serio entiende que no se puede prometer todo, que gobernar implica renunciar a ciertas cosas para posibilitar otras. En cambio, el ruido electoral premia la exageración: quien promete más, quien garantiza resultados inmediatos, quien desconoce las restricciones institucionales, suele ganar titulares. Pero esa música, aunque seductora, termina llevándose al país a callejones sin salida.

Otro filtro esencial es que se sepa como producir. En un entorno económico donde emprender o sostener un negocio se ha vuelto cada vez más complejo, la pregunta es si la persona que aspira a gobernar entiende lo que cuesta producir. Si sabe lo que implica pagar salarios, pagar la Caja, cumplir regulaciones, enfrentar trámites, absorber aumentos de costos o lidiar con incertidumbre. Muchos candidatos hablan con soltura sobre “reactivar la economía”, pero muy pocos han sentido realmente el peso de la producción.

Y está, por supuesto, la preparación. Gobernar exige conocimiento. No basta con la buena intención ni con repetir frases motivacionales. Un mandatario debe entender la economía, el derecho administrativo, la estructura del Estado y la lógica de la gestión pública. Necesita saber leer un presupuesto, diferenciar entre política pública y ocurrencias, y tener la disciplina intelectual para rodearse de argumentos técnicos, no de aduladores. Esto no significa que deba ser un académico; significa que debe ser alguien que toma en serio gobernar.

Pero incluso más allá de estos filtros, hay preguntas personales que pueden orientar mejor el voto. Preguntas que no necesitan estadísticas, encuestas ni grandes debates para responderse:

¿Cómo estoy yo hoy, y cómo está mi familia, en comparación con hace cuatro años?

¿Mejor, igual, peor?

Si la respuesta es “peor”, ¿por qué? ¿Fue un golpe externo como la pandemia, una crisis global, una pérdida personal, o responde también a decisiones internas del país que deterioraron la seguridad, encarecieron la vida o frenaron oportunidades?

¿Qué me falta hoy para vivir mejor? No en abstracto. En concreto. ¿Seguridad? ¿Que me alcance la plata? ¿Empleo estable? ¿Menos trámites para producir? ¿Mejor educación para mis hijos? ¿Servicios de salud más ágiles?

Ya con esa lista, ¿quién de los candidatos se acerca más a ofrecer soluciones realistas? ¿Quién reconoce límites, quién entiende prioridades, quién puede formar equipos con capacidad de ejecución?

Estas preguntas sencillas ayudan a reducir el ruido. Nos obligan a abandonar la lógica del «fan» y entrar en la lógica del ciudadano.

Aquí es donde la tregua electoral puede jugar a nuestro favor. El fin de año trae consigo un respiro natural. La agenda política baja la intensidad, las redes sociales (esperemos) disminuyan el ritmo, los debates dan paso a cenas familiares y a conversaciones más íntimas. Ese espacio es ideal para pensar con claridad. Para leer propuestas, para escuchar sin en hígado en la mano, para evaluar sin prisa.

En ese ambiente menos cargado, vale la pena volver a lo esencial: mi realidad, la de mi familia, la del país que quiero ver dentro de cuatro años (si, en ese orden).

Por eso, antes de que la campaña retome su intensidad en enero, conviene dejar sembrada la reflexión. El ruido seguirá ahí, inevitable. Pero nuestra decisión no tiene por qué depender de él. Si elegimos con filtros claros, con criterio propio y con una mirada puesta en nuestra realidad concreta, tendremos más posibilidades de escoger no al que de verdad puede hacerse cargo.

One comment on “Cómo Navegar el Ruido Político: Filtros para una Buena Elección

  1. 11th diciembre 2025 Jorge

    Buen comentario
    Creo que sobra un “ no”
    en el ultimo párrafo.

    Responder

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