Este blog lo abrí para hablar de política. De Estado, de instituciones, de impuestos, de reformas, de libertad, de esos temas que nos interesan a poquitas personas aunque a veces sería más sano apagarlos por un rato. Esa es mi línea editoria y seguirá siéndola, porque no pretendo convertir este espacio en un diario personal ni en una bitácora espiritual. Pero hoy voy a hacer una excepción, solo una, porque hay cosas que por penita a veces uno prefiere guardarse, pero que merecen ser dichas si son suficientemente importantes.
Durante más de 40 años fui agnóstico. En mucho como una pose intelectual para sonar sofisticado. Fui agnóstico porque me había resultado sencillo creer que la existencia de Dios era improbable. Nunca me molestó que otros creyeran; ni adopté el tono de superioridad intelectual que suelen tomar quienes no creen. De hecho, científicos como Richard Dawkins que ven para «abajo» a quien cree, siempre me causaron un poco de repulsión. Está bien no creer, pero no es necesario subirse en un pedestar de intelectualidad sobre algo que nadie puede probar con absoluta certeza. Si bien hay argumentos racionales para no creer en la existencia de Dios, también los hay en el sentido opuesto. Como dije, por muchos años, yo mantuve la posición de que la fe pertenecía al terreno de la necesidad emocional, no al de la razón.
Con los años, sin embargo, uno aprende que la inteligencia no consiste en defender la misma posición hasta el último día como si cambiar fuera una derrota. Todo lo contrario. La verdadera prueba de honestidad intelectual aparece cuando uno se permite revisar sus sus propios paradigmas, sobre todo los más viejillos.
Uno de mis mejores amigos me mandó a leer Las cinco vías para la demostración de la existencia de Dios, de Santo Tomás de Aquino. Lo leí ayer, de una sentada. Aunque ya por mi propio análisis había llegado a la conclusión del libro me dió gusto ver que alguien muchísimo más sabio, coincidía conmigo. Aunque claramente debo decir, que es al revés, yo coincido con él.
Santo Tomás no pone sobre la mesa un llamado emocional a creer solo porque sí. No niega la fé, pero su enfoque es otro. Intenta demostrar que la existencia de Dios puede pensarse desde la razón, partiendo de: el movimiento, la causalidad, la contingencia, el orden y la existencia de grados de perfección en la realidad. En resumen, él dice que el mundo no se explica tan fácilmente si todo queda reducido a una sucesión infinita de causas, accidentes y materia. En algún momento las preguntas por el origen y por el orden de las cosas se vuelven, aunque uno trate de esquivarlas con lenguaje técnico, necesarias.
No voy a hacer aquí una defensa académica de Santo Tomás (solo me he leído un libro), ni mucho menos afirmar que estos argumentos están por encima de todos sus contraargumentos. Sería tontísimo. También sería muy arrogante decir que quien no cree es irracional. Yo mismo no creí durante casi toda mi vida. Pero sí tengo que admitir algo: a mi, yo, su servidor hoy le parece mucho menos racional descartar a Dios de entrada que tomar en serio la posibilidad de algo trascendente.
Esa es la parte que cambió en mí. No pasé de la incredulidad a darle duro a la pandereta. Pasé de considerar a Dios improbable a considerarlo posible. Y eso, aunque parezca poco, para mí, y los que me conoce, es un cambio enorme.
La cosa no es si podemos probar a Dios como quien despeja una ecuación. La pregunta es si el mundo que nos rodea, la conciencia, el orden, la moral y la existencia misma se explican mejor sin Dios o con Dios. Yo pensé que se explicaban mejor sin Dios. Hoy pienso lo contrario. No hay nada mejor que la ciencia para explicar mecanismos, procesos, relaciones causales. Pero hay preguntas que siguen ahí metidas debajo de la alfombra: por qué existe algo y no nada, por qué el universo es inteligible, por qué sentimos que ciertas cosas son objetivamente buenas o malas, por qué la belleza, el amor, la culpa o el propósito…
No solo fue gracias a Santo Tomás que llegué a esta conclusión. La vida ha hecho su parte. Dicen que las cicatrices y las arrugas son los mejores maestros. Las pruebas duras y dolorosas a uno lo cambian. En mi caso, fue distinto, llegué por los regalos. Por esas personas que aparecen cuando uno más las necesita. Por oportunidades que no se explican solo por mérito propio. Por segundas oportunidades que uno probablemente no merecía del todo. Por esa extraña sensación, al mirar hacia atrás, de que todo lo que tenía que pasar, debía pasar para llegar a este momento.
Antes a todo eso le habría llamado suerte, coincidencia, estadística. Hoy me cuesta más creer que todo sea únicamente accidente. No porque quiera forzar una explicación religiosa donde no la hay, sino porque la explicación puramente accidental me empieza a parecer insuficiente.
Quiero ser claro en algo. Esta nueva dimensión es íntima. No me van a ver convertido en San Jorge de los milagros, ni usando a Dios como argumento político (lo cual siempre me ha causado desagrado), ni jugando de guía espiritual de nadie. Mi relación con Dios, si puedo decirlo así, cambió hacia adentro. Y ojalá así se mantenga para todos, porque pocas cosas me generan más resistencia que la fe convertida en pose pública o en superioridad moral.
Durante años me pareció más prudente no creer. Hoy me parece más honesto creer, aunque sea con dudas, con cautela y con la conciencia clara de que la fe no lo es todo.
Ese para mi es el punto: creer no tiene por qué ser renunciar a la razón. Puede ser, precisamente, llevar la razón hasta donde alcanza y aceptar que hay una parte de la realidad que exige algo más que cálculo, evidencia empírica y control. Eso no es irracionalidad. Es reconocer los límites de nuestra propia inteligencia, que al final también es una forma de inteligencia.
No escribo esto para convencer a nadie. Menos para abrir una discusión religiosa en redes, que francamente puede terminar tan mal como una discusión sobre impuestos, solo que con más versículos. Lo escribo porque por más de cuarenta años pensé una cosa y hoy pienso otra. Y cuando uno cambia de criterio en algo importante, lo decente es decirlo con honestidad.
Excelente y conmovedor
Well done tocayo